Mis padres asisten desde las gradas y con gesto imperturbable al acto de barbarie. Yo me desprendo en gotas traslúcidas hasta borrar la definición de mis piernas en prismas de agua. Yo olvido - con la frente toda agua - con los muslos enrojecidos. Está bien haber encontrado al fin una melodía al menos reconfortante, consoladora mientras me esfuerzo en depurar la coreografía del verme reptando constreñida bajo el sol.
Sé que debería salir y alejar mi costumbre de la seguridad residencial de este barrio y su doble juego de cesped y comunión de familias. Pero el nordeste aturde y no se restringen las quemaduras aun saliendo del remojo de la azul clorada.
Uno de los poemas últimos dice algo así como nos debemos al silencio leal/ el ejercicio de la discordancia/ al tambaleo endeble de mis seres/ bifurcados de disputa y ahí se calla. Qué más dará si en este lugar exacto la que habla es esa parte en la que nunca reparas. Esta especie de bestia expansiva que no mide, por no contar correcto, ni siquiera sus propios intervalos. Ni un sólo guiño al pudor.
Hay que tener manos para perderse así. Y este verano se me escapa sin letras ni táctiles, sólo horas.

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