Los pájaros, que desordenan con revuelo las hojas y las camisas sobre la alfombra, con gloriosos tours en l'air. No pueden marear, tampoco. Pero los pájaros no son míos, por supuesto, fueron de Vicente e incluso de Alejandra, mías si acaso alguna de las gaviotas de las mañanas, pero no estos de acá.
Míos son los peces y caracoles.
Y, ante el índice nuestro de palabras bellas, de recíproco a espunjiforme alarido cuaderno amedrentar carpetovetónico a crucial.
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